El Cesar en Ciernes, un pueblo oscuro*

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El Cesar en Ciernes

Plaza Alfonso López de Valledupar

Por: Juan Cataño Bracho

Según Luis Striffler y según se cuenta en la obra El Río Cesar, publicada con el auspicio del Senado de la República, en los albores de la Colonia, la avanzada acantonada en Cartagena de Indias, tenía la siguiente visión del Valle de Upar:

En las inmediaciones de Cartagena se pinta en las ideas del vulgo “el valle” bajo varios aspectos diferentes. En primer lugar, se conoce la totalidad por la abundancia de ganado vacuno que produce; en segundo, por ser el asilo que escogen de preferencia los reos prófugos de los otros estados; en tercero, se sabe también que en las inmediaciones hay indios bravos de los más terribles; y en fin, en cuarto lugar se habla de la enfermedad del carate que hace designar generalmente a todos los individuos notables por esta afección cutánea bajo el nombre de vallenatos.

Era “tierra de abundantes ganados vacuno productivo. Asilo de preferencia de los reos prófugos de los otros estados. Indios bravos de los más terribles. Prolifera la enfermedad del carate que hace designar generalmente a los individuos notables por esta afección cutánea bajo el nombre de “vallenatos. Desde que se decretó la abolición de la esclavitud las cimarronearías se han multiplicado[1].

El área del Valle de Upar era de predominio de la economía campesina dado su carácter agrícola fundamentalmente en torno a la posesión de la tierra y así lo evidencian las primeras expediciones exploratorias de nuestro territorio como la realizada por Luis Striffler:

La pequeña hacienda campesina y la producción de los pequeños artesanos se basaba en el trabajo personal. Toda la producción tenía un carácter natural en lo fundamental, es decir, los productos del trabajo se destinaban, en su masa principal, al consumo personal[2].

Desde la llegada del europeo y en especial en la época correspondiente al periodo de la conquista, que se inicia hacia 1528 en la región, lo que hoy es territorio cesarense, estaba poblado con lo que los conquistadores llamaron “naciones” de indígenas. Término que correspondía a grupos con una población no muy densa; los cuales habitaban la gran mayoría del territorio, en aldeas dispersas, y en algunos casos trashumantes, que no le daba ocupación territorial. Aunque en general, se encontraba un territorio relativamente ocupado, incluso en zonas que hoy permanecen despobladas[3].

El Valle de Upar y el río Cesar estaban habitados por un gran número de tribus Burede, Bubure, Caonan, Coronudos, Dubey, Guiriguano, Pacabuy, Sainirua, Sondagua, Tupé, Acanayutos, Alcoholados, Caribes, Pampanillas, Tomoco[4].

Tomás Darío Gutiérrez Hinojosa afirma que el Valle de Upar fue descubierto por Pedro de Vadillo, cuando sostiene que: “en todo caso fue Vadillo quien lo descubrió y llevó sobre él la suficiente información para que por admiración a su grandeza y a la de su pueblo, los conquistadores decidieron a partir de aquella expedición, llamar Valle de Upar a las tierras descubiertas.

Siguiendo afirmaciones hechas por cronistas del siglo XVI, entre ellos Juan de Castellanos, resulta paradójico que las primeras migraciones o presencia foránea que se dio después del descubrimiento, hacia la región del actual departamento del Cesar, no fue de blancos europeos; sino de negros, fugitivos provenientes de Santa Marta y Maracaibo. Grupos que construyeron sus estancias en las estribaciones de la Serranía del Perijá, con cuyos habitantes ancestrales mantuvieron tan buenas relaciones, que llegaron al cruce de sangre, dando origen así a un proceso de zambaje inicial, previo a la llegada del blanco[5].

Sobre la presencia del blanco europeo se afirma: el poblamiento blanco de la región se inicia propiamente en el siglo XVI, a partir de la fundación de poblaciones y ciudades. Tiene lugar con la fundación de la ciudad de Valledupar en 1544 y su refundación en 1550; lo mismo que con la fundación de las ciudades de Pueblo Nuevo o Nueva Valencia del Nombre de Jesús y Becerril de Campos (1594) y para la misma época la repoblación de Tamalameque y su ascenso posterior a la categoría de ciudad  y repoblamiento de Chiriguaná[6].

Al comenzar el siglo XIX Valledupar no albergaba más de dos mil personas. Según descripción de Luis Striffler, el pueblo estaba compuesto por  dos hileras de casas bajas bien construidas y muy aseadas que le daban a la población el aspecto de una ciudad opulenta con una plaza bien cuadrada, en uno de cuyos lados había una iglesia notable por su campanario.

La capital del Cesar, Valledupar, hasta bien avanzado el siglo XX fue una aldea surcada por corrales, chiqueros y trapiches; sin agua potable, luz eléctrica, casas de barro  y techos de palma, con una población muy reducida, en donde pasaba sus días y ratos de descanso una población campesina. En ese pueblo la carne para acompañar las comidas la conseguían los pela’os casando conejos, a lazos, en los predios en que hoy está ubicado el cementerio Central, que para entonces eran de propiedad de Lucas Monsalvo.

El carro no existía, el transporte era a caballo, entre los pueblos vecinos, los que eran para entonces destino turístico.  No existía la radio ni nada de eso; Las noticias llegaban por voces callejeras. Así llegaba la mercancía de Santa Marta a Valledupar, a lomo de mula. Los patios de las casas eran los corrales, el combustible para las comidas era la leña y el agua para el consumo se recogía de los pozos del río, lo que dio origen a la costumbre de mantener, en las casas, personal dedicado a este menester.

El primer carro que llegó aquí, abriéndose paso por entre la montaña, por una trocha construida con hacha y machete, fue adquirido de una “vaca” acordada entre Aníbal Guillermo Castro y Francisco Baute. Era marca Ford, para el que trajeron un chofer de Santa Marta, que además se convirtió en el primer instructor de conducción al enseñar a manejar a Nicolás Baute Pavajeau, su esposo, que ya para entonces era un hombre de múltiples ocupaciones y oficios, el típico “cucuriaco”, en esta comunidad en la que su moradores eran muy felices, a pesar de todo.

En aquel Valledupar las casas por las noches eran iluminadas por lámparas de gasolina, elementos novedosos al remplazar a las velas y las, por mucho tiempo populares, espermas y los mechones.

En 1922, en el gobierno de Pedro Nel Ospina, siendo Ministro de Obras Públicas Laureano Gómez; se le dio apertura a la carretera Riohacha – Valledupar que hasta el año de 1934 aún no había llegado hasta Fonseca, correspondiéndole al gobierno de Alfonso López Pumarejo, luego de haber trasladado las oficinas de la Zona de Carretera para Valledupar, impulsar la apertura de la carretera hasta el Río Cesar.

Sobre esta versión Tomás Darío Gutiérrez Hinojosa, amparado en los archivos históricos, sostiene lo siguiente: “Las carreteras no llegarían a Valledupar antes de finales de los años treinta, de manera que los cuatros siglos anteriores se vivió una odisea fraguada por la incomunicación que solo pudo sortearse mediante la construcción de emergentes y transitorios caminos a través de las selvas, que  generalmente, luego de ser utilizadas para el fin específico para el que habían sido construidos, desaparecían tan pronto como la misma selva los cubría con su manto. Por costumbre estos caminos se construían para la comercialización de una cantidad determinada de ganado[7].

Todavía “En 1938 la principal ciudad del hoy departamento del Cesar del Cesar era Valledupar y su población no llegaba a los cuatro mil habitantes, Pero a partir de los años sesenta la ciudad experimentó una rápida expansión demográfica producto de la bonanza algodonera, la cual genera una demanda de mano de obra que fue absorbida por el campesinado de Bolívar, Magdalena y Córdoba”.

Según Álvaro Castro Socarrás al afirmar que: En la administración de Alfonso López Pumarejo (1936), Valledupar despierta de un profundo letargo y se incorpora al progreso del país. López proyecta y ejecuta las carreteras que comunican a Valledupar con Riohacha y Santa Marta[8].

El camino como vía principal o arteria vial comienza a perder vigencia a partir de 1934, cuando se inicia la construcción de la carretera que comunica a Valledupar con Ocaña por el sur y con Santa Marta por el Norte; Esta obra fue iniciada por el presidente López Pumarejo y terminada hacia 1950; agilizándose el comercio por el río que ya contaba desde la misma década con lanchas a vapor, que junto con los primeros vehículos o camiones, como los famosos carros mixtos útiles para el transporte de carga y pasajeros, favorecieron el aumento comercial[9].

Durante mucho tiempo el Valle de Upar permaneció aislado en las soledades de la selva y en los campos, alejado de la historia de su tiempo, incontaminado de los movimientos y cambios económicos, culturales, sociales y políticos que estaban ocurriendo en otros lados, cuyo abandono y aislamiento relata Gustavo Gutiérrez Cabello, quien hizo parte del Comité de Propaganda para la creación del departamento, en una canción titulada Pueblo Oscuro:

Por un camino silencioso

Me alejaré cantando triste

De la ciudad sola y dormida

Que larga pena ya resiste

Ninguno de sus hijos quiere

Hacer algo por su agonía

Pacientemente van mirando

Los problemas de cada día.

Casitas blancas de palma

Donde se escucha un adiós

Sobre el corazón desnudo

De un pueblo oscuro nace el dolor.

Valle querido valle adorado

Tu eres mi aliento mi sangre y mi sol

Me da tristeza ver tu abandono

Tierra abonada sabor de algodón.

Cuando regrese quiero verte

Con una nueva vestidura

Tierra sembrada de promesas

No quiero verte más oscura.

Llevo en mí pecho un pensamiento

Que no lo puedo silenciar

La sombra inquieta tu progreso

  Y la seguridad social

Pepe Castro, quien fuera el último Alcalde que tuviera Valledupar antes de la independencia del Magdalena; después de Pedro Castro Monsalvo y paralelo a Alfonso Araujo Cotes, se dio a la tarea de asomar la provincia del Valle de Upar al progreso, posibilitado por su amistad con Julio Cesar Turbay Ayala, y Misael Pastrana Borrero y favorecido por el clima político generado durante la administración de Carlos Lleras Restrepo.

Ejerció como el último alcalde de Valledupar, designado por el Gobernador del Magdalena, hasta cuando se proclamó la independencia administrativa del circulo político de Santa Marta, a la que estuvimos vinculados a través de la gestión de Pedro Castro Monsalvo quien se oponía  a la creación de departamento del Cesar por desconfiar de la capacidad administrativa del hombre vallenato.

El inicio de su vida parlamentaria fue marcado por la muerte de Pedro Castro Monsalvo y la creación del departamento del Cesar hasta cuando hicimos parte del Magdalena Grande.

“Pepe” Castro hace parte de una generación de políticos contemporáneos, que en la historia política del departamento del Cesar constituye la época antigua de la política local; entre los que se destacaron Alfonso Araujo Cotes, Manuel Germán Cuello Gutiérrez, Aníbal Martínez Zuleta, Armando Maestre Pavajeau, José Antonio Murgas, Jaime Araujo Noguera, Gil Aguancha Jiménez, Lola Baca de Bustamante, entre otros de los que asumieron el reto de desvirtuar los temores de Castro Monsalvo.

En lo que tiene que ver con la cultura, es un axioma que: “La dureza del trabajo, la soledad galopante, la vivencia política y el aislamiento tanto social como económico, han hecho que las gentes del valle de upar creen su propia filosofía, con un sentido pragmático, pero siempre en busca de su unidad y diversidad de expresión, permitiendo al compositor narrar la legendariedad de los hechos como una cosa realmente vista, sentida y vivida”.

Álvaro Castro Socarráz, en los Episodios Históricos del Cesar, sostiene que:

Es indudable que administrativamente y en especial en el aspecto político, económico y social, la provincia de Valledupar, que incluía a los actuales municipios de Chiriguaná, El Copey, Bosconia, Codazzi, Curumaní, La Paz, San Diego, Becerril, La Jagua y El Paso más otros municipios del departamento de La Guajira como Villanueva, El Molino y Urumita creó una idiosincrasia entre las gentes de esta región muy particular que identifica ciertos rasgos de carácter sociológico[10].

Pero como los individuos por su misma naturaleza no pueden vivir aislados y es algo innato de los hombres que tiendan a salir de la situación de aislamiento buscando a los otros. Quienes configuran hoy el departamento del Cesar buscan su independencia administrativa, echando mano de sus mejores armas y, además de las armas políticas, involucran al juglar; como lo cuenta Santander Durán Escalona:

Estudiando en la Universidad Libre de Barranquilla, cuarto año de bachillerato, hice mis primeros versos y parece que los hice buenos porque los primeros versos que hice les puse música que se convirtieron en mi primera canción, titulada “Añoranzas del Cesar” y al llegar esa canción a Valledupar tuvo una gran acogida y fue utilizada como himno de campaña de la creación del departamento del Cesar, junto con una canción de Alberto Pacheco quien componía en esa época, cuando apenas se insinuaba el movimiento de creación del departamento del Cesar, otra creación que se tituló “El Departamento del Cesar”.

Canto de Valledupar

Historias del Magdalena

Versos de noches serenas

Que hayan eco en el Cesar

Y en los ecos del Cesar

Canta el alma vallenata

La que expresa en forma innata

Su música y su cantar.

Cuando suena el acordeón

  Se arremolina la gente

Se inspira el compositor

Surgen versos de su mente

En los ecos del Cesar

Canta el alma enamorada

Cuando le implora a su amada

Que un beso se debe dar.

También se debe a Pacheco gran parte de la labor promocional para que el Cesar se creara como nuevo ente político administrativo; fue precisamente su conjunto, en el que se destacaba el maestro Cirino Castilla en la caja, él grabó los temas que se adoptaron como himnos y se utilizaron en los medios de comunicación de todo el país[11].

“En las vacaciones de 1962  se  encuentra  con sus amigos en la Plaza Alfonso López. La canción salió sin preámbulos, Gustavo Gutiérrez Cabello la interpreta por primera vez en acordeón de botones. Sin proponérmelo había compuesto un son. Regresa a Barranquilla y la deja. En él no había interés de hacerse conocer y menos aún económicos. El runruneo siguió y muchos comenzaron a cantarla en las parrandas.

Por esta época, unos cuantos jóvenes,  Luis Orozco, Rafael Mestre, Tirso Martínez, Cecilia Villazón, Reinaldo Aarón, conversaban abrumados por la indiferencia de una clase negligente y corrupta que nos tenía sumidos en el completo abandono y precariedad a Valledupar y la mayoría de los municipios del Norte del Cesar y sur de la Guajira pertenecientes al antiguo Magdalena grande. En 1963 Santander,  recibe en Barranquilla una agradable pero sorpresiva visita, era una comisión integrada por: Cirino Castilla, Alberto Pacheco, Reinaldo Aarón, Rafael Mestre, porque ellos consideraron que “Añoranzas del Cesar” era la canción que reunía las condiciones para promover la idea del movimiento que venían impulsando.

Con el asentimiento del autor comenzaron a grabar en “Discos Tropical”. La empresa integró al grupo un contrabajista denominado “Tabaquito”. Santander me dice que “no cabía en su pellejo”. Cuando entonó la canción se las daba de Pedro Infante, tratando de definir estilo. El trabajo discográfico quedó listo con dos canciones: “Añoranzas del Cesar” y “El departamento del Cesar” esta última de  Alberto Pacheco. Con este equipaje regresaron a Valledupar a continuar con la misión propuesta[12].

Allí comienza de verdad la carrera como compositor mía, una época contemporánea con “La Espina” de Gustavo Gutiérrez, y gracias a una gestión que realizó Reinaldo Aarón Medina, en ese tiempo promotor o locutor de Radio Guatapurí, a quien se le ocurrió reunir algún dinero e ir a Barranquilla, buscarme con Alberto Pacheco y grabamos un disco de 78 RPM, en Discos Tropical, grabado como disco promocional para la creación del departamento del Cesar.

Al igual que Alberto Pacheco y Yo, hubo mucha gente que metió la mano culturalmente por el departamento del Cesar y que han sido olvidados por quienes se han encargado posteriormente de escribir la historia y han buscado principalmente a los protagonistas políticos, cuando hubo un grupo muy importante de gente muy joven en esa época que estuvo detrás impulsando ésta gestión, desde mucho antes que los políticos tomaran la idea.

Esta historia de aislamientos, sometimientos, limitaciones, frustraciones, diferencias y añoranzas motivaron el nacimiento al Departamento del Cesar, segregado del Departamento del Magdalena, mediante la Ley 25 del 21 de junio de 1967, firmada por el presidente Carlos Lleras Restrepo y el decreto que dio vida a la primera junta organizadora del nuevo departamento. Fue inaugurado seis meses después, el 21 de diciembre de 1967.

* Una historia consignada en el libro: El Canto Vallenato, Arte y Comunicación – publicado en 1997, con el patrocinio de la Gobernación del Cesar.

[1] Luis Strifler. Obras Selectas.

[2] (Economía Política. P. Nikitin. Ediciones Nacionales. Bogotá).

[3] Simón Martínez Ubarnez, Jorge Iguarán Aguilar. Orígenes,  el Cesar y sus Municipios. Editorial Ápice, 2004.

[4] Alarcón José. Compendio de la Historia del Departamento del Magdalena, Imprenta Departamental. Santa Marta, 1963.

[5] Simón Martínez Ubarnez, Jorge Iguarán Aguilar. Orígenes,  el Cesar y sus Municipios. Editorial Ápice, 2004.

[6] Simón Martínez Ubarnez, Jorge Iguarán Aguilar. Orígenes,  el Cesar y sus Municipios. Editorial Ápice, 2004.

[7] Tomás Darío Gutiérrez Hinojosa. Valledupar, Música de una historia. Editorial Grijalbo

[8] Alvaro Castro Socarrás. Episodios Históricos Del Cesar. Editorial Plaza & Janés.

[9] Chiriguaná, más allá del Recuerdo. Especialización Orientación Educativa y Desarrollo Humano. Universidad del Bosque. Autores Varios.

[10] Episodios Históricos del Cesar. Alvaro Castro Socarrás. Editorial Plaza & Janes.

[11] ElVallenato.com

[12] Música vallenata y creación del Departamento, Geomar Lucía Guerra Bonilla

Acerca del Autor

Comunicador Social Vallenato. Licenciado en Filosofía, Investigador. Medios: http://larazonvallenata.com . Radio Guatapurí, Antena Cívica.

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