El desastre de Colombia no se remedia ni con plomo ni con plata

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El desastre de Colombia

El Papa asombrado de la realidad de Colombia

El desastre de Colombia no se remedia ni con plomo ni con plata, hace parte del Eco de la visita del Papa Francisco a Colombia y que todos podemos estudiar en el texto de las homilías y discursos pronunciados por el Santo Padre, entre el 06 y el 10 de septiembre de 2017 y a continuación se las presentamos a los lectores de larazonvallenata:

El desastre cultural de Colombia no se remedia ni con plomo ni con plata, sino con una educación para la paz, construida con amor sobre los escombros de un país enardecido donde nos levantamos temprano para seguirnos matándonos los unos a los otros.

Los intereses personales o grupales consumen de manera egoísta y desaforada lo que está destinado para el bienestar de todos”.

La comunidad colombiana está llamada a ser una red fuerte y vigorosa que congregue a todos en la unidad, trabajando en la defensa y el cuidado de la vida humana.

En Colombia hay densas tinieblas que amenazan y destruyen la vida: las tinieblas de la injusticia y de la inequidad social; las tinieblas corruptoras de los intereses personales o grupales, que consumen de manera egoísta y desaforada lo que está destinado para el bienestar de todos; las tinieblas del irrespeto por la vida humana que siega a diario la existencia de tantos inocentes, cuya sangre clama al cielo; las tinieblas de la sed de venganza y del odio que mancha con sangre humana las manos de quienes se toman la justicia por su cuenta; las tinieblas de quienes se vuelven insensibles ante el dolor de tantas víctimas.

Los colombianos no debemos tener temor a pedir y a ofrecer el perdón. No se resistan a la reconciliación para acercarse, reencontrarse como hermanos y superar las enemistades.

Colombia es una tierra regada con la sangre de miles de víctimas inocentes y el dolor desgarrador de sus familiares y conocidos.

Es la hora para desactivar los odios, renunciar a las venganzas y abrirse a la convivencia basada en la justicia, en la verdad y en la creación de una verdadera cultura del encuentro fraterno”.

Es un reto para cada uno de nosotros confiar en que se pueda dar un paso adelante por parte de aquellos que infligieron sufrimiento a comunidades y a un país entero.

Es cierto que en este enorme campo que es Colombia todavía hay espacio para la cizaña.

Aun cuando perduren conflictos, violencia o sentimientos de venganza, no impidamos que la justicia y la misericordia se encuentren en un abrazo que asuma la historia de dolor de Colombia.

Sanemos aquel dolor y acojamos a todo ser humano que cometió delitos, los reconoce, se arrepiente y se compromete a reparar, contribuyendo a la construcción del orden nuevo donde brille la justicia y la paz.

Todavía hoy, en Colombia y en el mundo, millones de personas son vendidas como esclavos, o bien mendigan un poco de humanidad, un momento de ternura, se hacen a la mar o emprenden el camino porque lo han perdido todo, empezando por su dignidad y por sus propios derechos.

“no hay nadie lo suficientemente perdido que no merezca nuestra solicitud, nuestra cercanía y nuestro perdón”.

Hemos aprendido que estos caminos de pacificación, de primacía de la razón sobre la venganza, de delicada armonía entre la política y el derecho, no pueden obviar los procesos de la gente

“es necesaria una legítima revolución de paz que canalice hacia la vida la inmensa energía creadora que durante casi dos siglos hemos usado para destruirnos y que reivindique y enaltezca el predominio de la imaginación»”.

No necesitamos un proyecto de unos pocos para unos pocos, o una minoría ilustrada o testimonial que se apropie de un sentimiento colectivo. Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 239).

No podemos negar que hay personas que persisten en pecados que hieren la convivencia y la comunidad,…, e incluso en una «aséptica legalidad» pacifista que no tiene en cuenta la carne del hermano, la carne de Cristo.

No es posible convivir en paz sin hacer nada con aquello que corrompe la vida y atenta contra ella.

Las heridas hondas de la historia precisan necesariamente de instancias donde se haga justicia, se dé posibilidad a las víctimas de conocer la verdad, el daño sea convenientemente reparado y haya acciones claras para evitar que se repitan esos crímenes.

La verdad no debe, de hecho, conducir a la venganza, sino más bien a la reconciliación y al perdón.

La Droga atenta directamente contra la dignidad de la persona humana y va rompiendo progresivamente la imagen que el creador ha plasmado en nosotros.

La lacra de la Droga que ha puesto fin a tantas vidas y que es mantenida y sostenida por hombres sin escrúpulos.

El narcotráfico lo único que hace es sembrar muerte por doquier, truncando tantas esperanzas y destruyendo tantas familias.

Es la hora para desactivar los odios, renunciar a las venganzas y abrirse a la convivencia basada en la justicia, en la verdad y en la creación de una verdadera cultura del encuentro fraterno.

Selección: Juan Cataño Bracho

Acerca del Autor

Comunicador Social Vallenato. Licenciado en Filosofía, Investigador. Medios: http://larazonvallenata.com . Radio Guatapurí, Antena Cívica.

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