La Paz no será fácil…

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Su Santidad Juan Pablo II dijo que “la paz es multiforme: paz entre las naciones, paz en la sociedad, paz entre ciudadanos, paz entre las comunidades religiosas, paz en el interior de las empresas, en los barrios, en los pueblos y, en particular, paz en el seno de la familia”.

De acuerdo a lo anterior los acuerdos de paz que se lograron en La Habana son sólo un paso en esta búsqueda, a través del cese de la confrontación armada.  Pues en lo que respecta a la paz entre las naciones hemos avanzado en esta administración, luego de la guerra verbal del gobierno anterior entre la administración anterior y el gobierno venezolano, entre otras. Luego nos tocará meterle manos a las  otras formas de guerra, que aunque parezcan “menos nocivas” tienen gran incidencia en la ola de violencia que cierne sobre la sociedad colombiana.

Una amplia definición de paz establece que: la paz, en sentido positivo, es un estado social o personal, en el cual se encuentran en equilibrio y estabilidad las partes de una unidad; en sentido negativo, es la ausencia de inquietudviolencia o guerra.  Por lo que, luego de terminado el conflicto armado, tendríamos que entrar a revisar nuestra situación social desde el punto de vista del equilibrio y la estabilidad de las partes. Y entonces nos tropezamos con “la extendida creencia según la cual la violencia extraordinariamente alta observada en Colombia no cesará sino cuando desaparezca casi todo rastro de pobreza e inequidad, cuando no quede casi vestigio alguno de exclusión”.

Y es para empezar a recorrer un verdadero camino hacia la paz definitiva no se puede desconocer que, como lo afirma Jorge Armando Rodríguez, la pobreza y la desigualdad o, de modo más general, la exclusión social y económica, tienen un alto grado de incidencia en la violencia en nuestro país.

Desde estos puntos vistas los acuerdos de paz, a que se llegaron en La Habana, sólo son el primer paso para avanzar hacia un estado de equilibrio definitivo que por la forma como históricamente se fue estructurando nuestra sociedad, de corte capitalista con preponderancia de la individualidad, serán aún mas tortuosos y sangrientos que los actuales; en los que temo que no será fácil identificar a los determinadores de tales acciones de guerra. De allí trasladaríamos, definitivamente, la guerra declarada del campo a la ciudad. Y entonces será un Estado tratando de someter a un enemigo multiforme que de no tener éxito nos avocaría a una guerra civil.

De tal manera que para que los acuerdos de paz, que se lograron en Cuba, cumplan su objetivo debe encontrar una sociedad dispuesta a sacrificarse por el fin último de estos, en los que tendríamos que mostrarnos como un “Estado solidario, en el que nos complementemos entre sí para promover el desarrollo en un ambiente natural y social, pacifico y saludable”. Todo esto a partir de que cada hombre y cada mujer, no importa su puesto en la sociedad, asuma realmente su parte de responsabilidad en la construcción de una paz verdadera, en el ambiente donde vive: familia, empresa, escuela, ciudad o el campo.

Si el lugar donde estamos no se convierte en territorio de paz y por el contrario es una trinchera para defender lo que según nuestra individualidad proporciona nuestro bienestar particular, habremos constituidos infinidades de ejércitos familiares en defensa del patrimonio propio, en contra de los otros ejércitos que por igual defienden lo suyo; ante la amenaza que representan los desposeídos cuya historia les impulsa a amenazar la propiedad de los que por medios lícitos e ilícitos disfrutan de los privilegios de un país históricamente desequilibrado e injusto económica y socialmente.

Particularmente, considero que no es buen ambiente para la paz un Congreso dividido y predispuesto a hacerle oposición al gobierno por una concepción a priori, tal cual como se encuentran las fuerzas armadas, trabajando dos pasos adelante y uno para atrás; las altas cortes sentando providencias antes de los acuerdos sin permitir que sea la sociedad que los legitime. Esto se constituye en palos en la rueda de la locomotora de la paz. Sólo entendible desde el punto de vista del egoísmo por el que estaríamos dispuestos a sacrificar nuestra tranquilidad, en defensa de lo material; e incomprensible si se estima que “La paz es un valor sin fronteras, un valor que responde a las esperanzas y aspiraciones de todos los pueblos y de todas las naciones”.

A partir de la firma de los acuerdos de paz de La Habana, que para la gracia de Dios se puedan lograron, le corresponde al Estado desvirtuar la creencia generalizada entre los desposeídos, según la cual: “Las élites colombianas en verdad exhiben rasgos patrimonialistas y han tendido a usar el Estado como un instrumento de preservación de privilegios”.

Definitivamente, la paz no será fácil si seguimos convencidos que es el otro quien debe hacer el mayor esfuerzo. Asumamos nuestras propias culpas en el fenómeno de la guerra y cambiemos por la convivencia pacífica.

Acerca del Autor

Comunicador Social Vallenato. Licenciado en Filosofía, Investigador. Medios: http://larazonvallenata.com . Radio Guatapurí, Antena Cívica.

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