Paz sin corrupción, con ambiente sano y empleo digno

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La paz sin corrupción, ambiente sano y empleo dignoPor: Fernando Dorado @ferdorado

Una parte importante de los colombianos no cree en la paz que se está pactando. No es que le crean a Uribe, al Procurador Ordoñez o a RCN. No. Hay un “conocimiento instintivo” que surge de una apreciación colectiva que debe ser tenido en cuenta. Algunos lo identifican con ignorancia, indiferencia, alienación, “no-me-importismo”, escepticismo e incredulidad. Esas actitudes existen pero son resultado de una opinión basada en una percepción real.

La principal causa es la historia, el pasado y la experiencia. Los anteriores “pactos de paz” no terminaron en nada. La violencia continuó y los gobiernos no cumplieron. El pacto social y político de 1991 fue desconocido por las clases dominantes. A excepción del derecho de tutela, todo lo demás quedó en el papel. Además, las economías extractivas de enclave (legales e ilegales) más el desempleo, pobreza, exclusión, inequidad, iniquidad e injusticia, crean las condiciones para que aparezcan a diario grupos armados ilegales.

De acuerdo a esas evidencias visibles, la opinión generalizada –incluyendo la del gobierno, analistas y políticos– indica que ésta será una “paz imperfecta”, “precaria”, “pura y simple”. Nosotros le llamamos “paz perrata”. Esa definición no le dice nada a la gente. “Es paz o no es paz”, dirá cualquier parroquiano. Es decir, hay que empezar reconociendo que la terminología utilizada es vaga, imprecisa y confusa. Ahora Uribe habla de “paz herida”. Y esa confusión genera desconfianza e inseguridad, mucho más cuando el presidente Santos pasa de las promesas irreales a las amenazas reales, de ofrecer ríos de miel y leche a chantajear con la posibilidad de más impuestos o de una cruenta guerra urbana y terrorista.

Por ello, si un movimiento ciudadano quiere participar en la campaña electoral para convencer al pueblo colombiano que debe refrendar los acuerdos que se están firmando entre el gobierno y las FARC, y quiere hacerlo con independencia de los actores principales de esa disputa eleccionaria, o sea, del gobierno, las FARC y Uribe, tiene que revisar el lenguaje, los significados y significantes, debe hablar con la verdad, sin tapujos, sin ocultar por qué participa en ese proceso, desenmascarando a todos los que se presentan como “pacifistas” y “beneficiarios del bien común” cuando en realidad quieren utilizar la bandera de la paz para mantener el control del Estado, impulsar sus intereses particulares y al final, no cambiar nada.

Y es un deber hacerlo porque las grandes mayorías de la sociedad colombiana lo saben, o mejor, lo intuyen, lo sospechan. Instintivamente lo perciben.

Y ese movimiento ciudadano debe ser absolutamente franco y transparente. Debe afirmar que quienes lo integran quieren impedir un nuevo engaño pero no oponiéndose a ese nuevo “pacto de paz” sino apoyándolo pero con la condición de construir –en medio de esa lucha– un proceso político que derrote una de las causas principales de la violencia que es la corrupción. “Paz para el pueblo y guerra contra los corruptos”, puede ser una buena consigna.

Pero es claro que los integrantes de ese movimiento no pueden ser personas comprometidas con los actores de la guerra ni con los causantes de la misma. Por ello, el deslinde con Uribe, Santos, el actual gobierno, los políticos corruptos, las FARC y las fuerzas políticas que han justificado la violencia guerrillera sin reparar en sus enormes errores y crímenes, debe ser total. Sin esguinces, sin dobleces y sin temores. Si no se cumple con ese requisito, las grandes mayorías no escucharán, no creerán. Nos mirarán como unos farsantes.

Además de la lucha contra la corrupción existen otros dos temas centrales que deben ser comprometidos de inmediato en la lucha porque el “pacto de paz” se convierta en realidad y la violencia empiece a decrecer, pueda ser detenida, neutralizada, controlada y, poco a poco, desarraigada. Porque se ha arraigado, compenetrado con nuestro ser, enquistado en nuestra vida, involucrado en nuestras costumbres. Es decir, hace parte de nuestra identidad social y cultural. Y eso la gente lo sabe y por ello, la incredulidad y el escepticismo.

Esos temas son la defensa del medio ambiente y el modelo productivo. Empezamos por la lucha contra corrupción y desarrollaremos la idea.

La lucha contra la corrupción:

No hay necesidad de presentar cifras sobre el impacto de la corrupción en la vida colombiana. Afecta la vida de todos. Es la causa principal de la violencia. Anula cualquier ejercicio democrático. Se ha insertado en todo el aparato estatal. Es un elemento esencial en la dinámica económica y política. Ya es parte de nuestra cultura. La sufren todos los partidos políticos sin excepción. “Los de abajo” la permiten y practican porque “los de arriba” siempre la han utilizado. Por ello no puede haber justicia ni leyes que sirvan. ¿Por dónde empezar?

Un movimiento ciudadano que quiera distanciarse del ejercicio diseñado por la casta dominante de “instrumentalización de la paz” para engañar al pueblo, tiene que plantear en este tema una estrategia nueva y contundente. No como hizo Mockus que quería combatir la corrupción pero ponía en la mira la del tendero, el vendedor ambulante, el “contribuyente” y el peatón. Si en verdad queremos ganarnos a la gente para la causa de la paz hay que plantear que vamos a empezar a erradicar la corrupción incrustada en los altos niveles del Estado. Si la sal se corrompió hay que cambiar la sal y el salero. ¡Hay que derrotar a los corruptos! Y por eso, no podemos hacer campaña por la terminación del conflicto armado estando a su lado o cogidos de la mano con ellos.

Pero además, debemos plantear la forma como vamos a acabar con la corrupción. Hay que ponerle enormes “dientes” y “garras” a esa tarea. Dos herramientas son básicas: una efectiva y consistente meritocracia en la escogencia de los funcionarios que impida que los ladrones se cuelen en la administración pública. Y una política de transparencia en la contratación pública basada no en normas y organismos de control que están cooptados por la politiquería y la corrupción, sino apoyada en la participación organizada de las comunidades, pasando por encima incluso de las organizaciones sociales controladas por burocracias, ONGs y partidos políticos. No será fácil pero no es imposible. Hay ejemplos de cómo se ha hecho.

La lucha por la “Paz sin corrupción” –si se sabe plantear bien– va a romper a todos los partidos políticos sin excepción. La lucha por construir la verdadera paz ya empezó. Todo está dado para que los “cascarones políticos” pegados alrededor de los votos y los avales, salten hechos añicos por la dinámica y la acción ciudadana. Eso esperamos.

La defensa integral del medio ambiente:

Un enorme factor de corrupción y violencia es la forma como se ha permitido la contratación de los proyectos de explotación petrolera que está en manos del presidente de la República desde que el gobierno de los EE.UU. impuso la ley 120 desde 1919. Ni el Congreso puede controlar y vigilar tal situación. Pero al lado de ese enorme vacío legal y administrativotodos sabemos cómo las poderosas empresas transnacionales y grandes grupos económicos controlan la ejecución de la política ambiental. Por ejemplo, Smurfit Kappa tiene asiento directo o indirecto en altos organismos de política ambiental y, controla, así mismo, las Corporaciones que controlan esa materia en departamentos y regiones. Y lo mismo hacen las empresas transnacionales de la minería, los grandes contratistas de megaproyectos energéticos y los inversionistas del gran capital de todas las áreas de la economía.

En ese sentido un movimiento ciudadano que desee relacionar el tema de la defensa de la naturaleza frente a los grandes proyectos minero-energéticos, agroindustriales y turísticos, y a la vez ligar esa tarea con la construcción de la paz, debe tener absolutamente claro los siguientes puntos que sintetizo de la siguiente manera pero que deben tener un desarrollo más amplio en un posterior artículo:

– Reconocemos que los grandes proyectos de explotación petrolera y/o minera son necesarios para el desarrollo económico de la nación y que –por ahora– se requiere la inversión extranjera;

– Dichos proyectos no pueden ni deben realizarse en zonas de reserva natural, páramos o lugares que puedan afectar fuentes hídricas y/o ecosistemas protegidos;

– Se debe exigir el cumplimiento estricto de las normas ambientales complementado con el control social de la población y las comunidades afectadas y/o vecinas;

– Debe existir una absoluta claridad y transparencia en la contrataciónde los proyectos;

– Tienen que garantizarse condiciones especiales de seguridad pública; y

– Debe realizarse una previa capacitación de la población para poder acceder a los empleos formales de todo nivel e impulsar programas estatales de desarrollo productivo para evitar los graves impactos sociales que tienen los megaproyectos minero-energéticos en esas regiones.

Fortalecer el aparato productivo nacional:

La paz no se puede construir en un país en donde la mayoría de las personas viven en la informalidad, subempleo, precariedad laboral y el desempleo. Es claro que la única forma de generar empleo digno y formal en Colombia es diseñar e impulsar una política económica de emergencia social que nos permita fortalecer el aparato productivo de la nación. Ya el ministro de Hacienda reconoció que la industria, la agricultura y el turismo deberán ser el eje fundamental de la “Nueva Economía”. Pero él, y todos los tecnócratas neoliberales de ese ministerio y de Planeación Nacional, conciben esa nueva economía en manos del Gran Capital Transnacional. Para eso es que necesitan desarmar a las FARC y despejar los territorios ricos en recursos naturales, tierras fértiles y sitios turísticos rentables. Así lo han reconocido.

Es evidente que un movimiento ciudadano no puede oponerse en este instante a continuar atrayendo la inversión capitalista global pero deberá diseñar formas creativas y viables para que el Estado colombiano participe equitativa e integralmente en esos proyectos, se establezcan cláusulas contractuales de reversión de activos, impuestos sobre las ganancias, y en general, diseñar una forma en que empresas asociativas de las comunidades y productores, participen de esos proyectos y se preparen para operar los proyectos cuando las empresas inversionistas terminen los períodos y tiempos concesionados.

Pero además, retomando experiencias de proyectos productivos desarrollados en regiones de Brasil, la India y otros países, se deben impulsar empresas basadas en relaciones colaborativas y asociativas como las que ya existen en manos de productores de café (Cauca), cacao (Santander), leche (Antioquia), en donde los trabajadores y los productores no sólo desarrollen procesos de industrialización y procesamiento de nuestras materias primas sino que organicene implementen proyectos de comercialización internacional de esos productos en los países súper-desarrollados, que es donde se realiza efectivamente la ganancia.

Conclusión:

Para poder entusiasmar a las mayorías colombianas un movimiento ciudadano debe pensar en ser gobierno en 2018 y hacerlo explícito en la campaña por la refrendación de los acuerdos. No seguir el ejemplo de los politiqueros que ocultan sus planes y apetencias. Ganar la iniciativa en ese terreno nos permitirá darle contenido programático a esa campaña, quitarle el monopolio de la paz a Santos y arrebatarle la bandera anti-FARC a Uribe.

Hay que actuar con visión de estadistas. Reconocerle a Santos su capacidad de riesgo, perseverancia y compromiso con la terminación negociada del conflicto armado y, a Uribe su trabajo de debilitamiento militar de las guerrillas pero, así mismo, cuestionar su obsesión patológica vengativa, que lo llevó a violar la ley, aliarse con las mafias narcotraficantes e impulsar el paramilitarismo.

De no desarrollarse ese gran movimiento ciudadano, la casta dominante no va a hacer mucho por la paz, no le interesa un verdadero alboroto alrededor de ese tema, se contentará con los votos que le coloque la “izquierda santista”, los de algunos sectores demócratas ingenuos y los que obtengan a punta de mermelada (corrupción) usando a alcaldes y gobernadores.

Si no surge un movimiento ciudadano o tercería social, no habrá entusiasmo popular. Y así, no surgirá nada nuevo en Colombia. Y la “tal paz”, será llamarada de hojalata.

Acerca del Autor

Comunicador Social Vallenato. Licenciado en Filosofía, Investigador. Medios: http://larazonvallenata.com . Radio Guatapurí, Antena Cívica.

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